
Ella se guiaba por despertadores, aquellos comúnes y corrientes,puras cifras y un par de punzantes agujas. Condenados aparatos que nos reglan y limitan los horarios y obligaciones tortuosas. Lenta y afortunadamente otra clase de despertadores comenzaron a activarse, los despertadores del corazón, la alarma que ella siempre esperó y pensó que nunca iba a llegar. Ese latido inquieto, esa respiración entrecortada, las mil y una sensaciones en el estómago. Ya no podía seguir con los ojos cerrados. Era hora de despertar.


















